por Flora Abraira
   
Yo que soy una chica deportista, recuerdo que se me quedó cara de tonta en aquella carrera que me ganó en la línea de meta otra atleta que se había escaqueado y que yo no había visto en toda la prueba. (Pasado el tiempo supimos que había permanecido escondida tras un seto esperando el final mientras las demás nos lo currábamos. Da igual, ella estaba fresca y yo cansada por el esfuerzo. Me superó en el sprint final. Aunque había permanecido missing, una campaña publicitaria puso a esta aprovechada en el candelero del famoseo. A las demás corredoras nos gratificaron con la “medalla” de nuestra constancia, el consuelo de los tontos de capirote).
  A este propósito y con el complejo que se me quedó, no acierto a entender bien los criterios que maneja el Ayuntamiento de Castroverde y su alcaldía para escoger a sus hijos predilectos. Por más que mi entrenadora se esforzó en explicarme la diferencia entre un paracaidista y una vida ejemplar entregada de manera solidaria al servicio de su pueblo. (Y mira que tengo predilección por la gente que comprometió su talento en favor de sus vecinos, por los emigrantes que nunca olvidaron sus raíces y levantaron escuelas y hospitales en su tierra o que donaron sus obras y protegieron su cultura). ¡Cachis, que torpe estoy!
  Aun así, puestos a escoger, sigo pensando que a estas horas nuestros viejos y nuestros muertos también deben tener cara de tontos porque alguien se les ha colado justo en la línea de meta, delante de la puerta de su casa. Claro, quién va a dirigir una campaña mediática en favor de la educadora y luchadora republicana Enriqueta Otero que puso escuela en A Pumarega y fundó “O Fungueiriño” e hizo una casa estrambótica en Miranda con sus propias manos; quién va a apadrinar al sacerdote don Rogelio Reigosa atropellado en una de nuestras carreteras luego de haber quemado la vista en docenas de pergaminos haciendo memoria de su localidad; o de aquel regidor de Castroverde llamado Miguel García Teijeiro que redactó el primer manual con su historia y que sirvió para que los alumnos alemanes aprendiesen castellano; o del ministro progresista Manuel Cordeiro; o de los mártires de Montecubeiro que pagaron con sus vidas la osadía de intentar conquistar la libertad; y de los músicos de nuestras bandas populares que traspasaron montañas a pie con sus atraqueles a la espalda; o del noble Fernando de Castro y el obispo Diego Osorio impulsores de Vilabade; o de los escritores Alonso López Pallín o Luís González “Cando”, y tantas otras almas sostén de esta ilustre plaza desde la noche de los tiempos. Ahora comprendo: ellos ya no tienen abuela que los declare predilectos. Y mira que han dejado huella en su largo camino…
  Claro, no parece prudente hablar de los personajes vivos, porque son hijos y discretos, y se merecen un respeto, no vaya a ser que si los identificamos por sus grandes merecimientos en beneficio de Castroverde se les vaya a caer otro paracaidista encima que descalabre sus sueños. Por cierto, le doy vueltas en mi cabecita loca al tema de los paracaidistas que aterrizan en la meta sin sufrir la carrera y se me ocurre preguntarle a mi entrenadora si a mis propios vecinos labradores no se les habrá colado algún predilecto también a última hora. Porque mira que se lo han trabajado y que han apechugado inviernos al paso lento del arado. Ella me contesta incrédula que esas personas vulgares, antes de ser “pre-dilectas”, deben procurar ser simplemente “dilectas”. Me confunde con sus respuestas.
  Recuerdo que hace años una mente preclara lamentaba que estas fértiles herdades hubiesen sido enajenadas por manos impiadosas y desconsideradas, que recayesen en mandatarios que acabaron transformando en moradas villanas las tierras que en otra edad cobijaron gentes de reconocido lustre.
  Ahora, leo en el periódico que los tres grupos políticos de la corporación castroverdense han dicho amén a la propuesta del alcalde sobre lo del hijo “pródigo”, perdón, quise decir “predilecto”. Vaya, vaya. Veo que ya se han olvidado de consultar estas cositas a la sociedad civil que los mantiene y al mundo cultural que calla pero que no otorga. Mi entrenadora me dice que también a los políticos se las meten dobladas y que están en las berzas. Yo creo que más bien es al contrario. -¡Vaya tropa!, exclamaría el Conde de Romanones.